Habitar la infancia

El verbo en juego.

“Hay horas en la infancia, en que todo niño es un ser asombroso, el que realiza el asombro de ser. Descubramos así en nosotros una infancia inmóvil, una infancia sin devenir, liberada del engranaje del almanaque”.

Gastón Bachelard, “La Poética de la ensoñación.”

Habitar la infancia

Hablar de infancia es hablar de infancias, de niños y niñas distintos, en contextos lingüísticos, culturales y sociales diferentes. Son lo nuevo y sin embargo llegan atravesados y alienados de su tiempo: en el cuerpo y la palabra de un niño está presente el poder, fragmentaciones, divisiones y marginaciones. También es necesario reconocer que un niño es el paisaje donde vive, lleva todavía el espacio en el cuerpo, en sus movimiento y su mirada.

Un chico suena al moverse como parte del contexto y su hambre constante de juego y acción nos coloca ante la irresistible percepción de lo humano (tal vez por eso molesta su desorden, su cierto caos, esa otra manera de relacionarse con las reglas).

Los niños, aún en las peores circunstancias, parecen habitar el mundo de una manera extraña: por una parte permaneciendo en una zona personal de soledad inaccesible para el adulto, (”la soledad del niño es más secreta que la soledad del hombre”. G. Bachelard), un país de ensoñación (gratificante o terrible pero ensoñación al fin) y por otra parte, los vemos realizando una tarea compleja y múltiple de apropiación del mundo. Tienen su forma de investigarlo y conocerlo (estos aspectos los estudiaron con precisión Vigotsky, Piaget y Bruner). El niño no conoce la ruptura forma-contenido, mide el espacio por el cuerpo, o la voz de los que ama o teme, los objetos “hablan” ante sus ojos, las formas son fantasmas, los sonidos, habitantes misteriosos. Tienen un tiempo sin tiempo, angustiante, amenazado siempre por los grandes y amenazador en sí mismo, un tiempo medido en regularidades y rupturas, (el universo, para ellos, es algo que se repite, se interrumpe, deja paso a un silencio). Secuencias, separaciones de las cosas (ramas del tronco, hojas de la rama, etc) están ante su curiosidad como vías navegables. Lo maravilloso, lo inexplicable convive todo el tiempo con lo real, con lo imaginario. El pase de un momento a otro, de un mundo a otro es imperceptible para nosotros. A veces, el mismo niño está en tres dimensiones a la vez. Por eso la imaginación y el encantamiento del mundo, el tiempo como orquesta de regularidades, han sido tan resistidas por la escuela a favor de la atención y el conocimiento.

Lo cierto es que los adultos del siglo XX nos hemos preguntado muchas veces ¿qué es un niño? O mejor sería ¿quién es un niño? y no hemos podido aún desentrañarlo completamente. Mientras tanto, todo ha cambiado y los nuevos problemas nos han puesto a obtener respuestas rápidas ante el estado de emergencia que vive la infancia. Está comprometido el “soy” y también “yo vivo”. Y esto es demasiado aterrador para ser soportado en los primeros años de vida.

Los chicos son sujetos de cruce donde el universo y los lenguajes dialogan sin cesar. El cuerpo es un lenguaje y a su vez es el cruce de todos los lenguajes: espacio, tiempo, materia y energía; forma y significado, color, ritmo, sonoridad, luz, textura, volumen, todo está allí relacionado con el cuerpo en juego. De alguna manera el cuerpo en verbo es su entorno. Un modo de hablarle al mundo y apropiarse de la cultura.

Este concepto del cuerpo termina por coincidir exactamente con la categoría nombrada como pensamiento divergente

Cuando alguien mece a un chico en una canción de cuna: allí precisamente podemos reconocer:

La fórmula corporal: constituida de:

  • movimiento en sus duplas: pesado – liviano; cortado- ligado; lento- rápido; alto-bajo
  • gestualidad: una forma, un cuerpo grande que arrulla un cuerpo chiquito, un motivo visual que es presagio de ausencia, paradigma del amor y la crianza, intimidad en la colectividad, soporte metafórico, etc. 

La fórmula verbal: (ejemplo: “arroró mi niño…”, o “esta nena linda que nació de día…”), que se constituye en:

  • afirmación y selección del género del niño, dado que se enfatiza nena o niño.
  • discriminación de día o noche
  • descripción de la relación o vínculo con el que mece
  • susurro del deseo, (ejemplo: “quiere que la lleven a las romerías”)

La fórmula sonora y temporal: expresándose como:

  • canción con base melódica
  • instauración de un ritmo, acompañando regularidades de movimiento e improntas sonoras que adormecen
  • tono de voz y timbre del que canta, asociado con el calor y la proximidad de su cuerpo
  • un concepto de la armonía que se traslada al vínculo
  • una materialidad sonora que se convertirá en raíz profunda de las primera imágenes.

La fórmula espacial: puesta de manifiesto con:

  • relación entre cuerpos: calor, olor, textura, etc…
  • el afecto convertido en dimensiones, desplazamiento que nos permitirían decir que el amor es un pullover verde o un olor a alcauciles, a humo, a transpiración…
  • construcción de las categorías aquí, adentro, afuera, lejos, cerca, unido y separado, a través de la experiencia perceptual.

La fórmula objetual: visible como:

  • juguete entre los cuerpos: un sonajero o un sillón donde se produce el acto de mecer

fondo y figura: una pared, cielo o ventana, que es fondo y marco de la acción de mecer

  • la parcialidad de la mirada del que es mecido, que ve trozos del cuerpo de quien mece como juguete metonímico: una oreja, un mechón de pelos, la piel del cuello o la mandíbula penetrando el arriba.

Estimular la “otra lógica” de la infancia, significa apostar a la creatividad, la invención, la ficcionalización de lo terrible y la simbolización de lo insoportable. Es una manera de jugarse al verbo como acción del relato, como continuación de la historia. Aquel tiempo imperfecto del verbo: “juguemos a que yo era un enfermera y te curaba”, un uso del pasado en el presente, un como sí mágico que evoca para protagonizar. Eso, precisamente, es la tarea del adulto que trabaja entre chicos y palabras.