Niño se nace

Niño se nace

“… porque cada uno es lo que es y es el departamento de ciudad o la granja donde aprendió a caminar y los dioses en los que creyó, los juegos que jugó, las comidas que comió, los seres que amó, los poemas que leyó, los recorridos en su propia ciudad y estas son cosas que nos han hecho lo que somos y no se pueden contar de oídas…”
Somerset Maugham

¿Qué es ser un niño o una niña?
El título Niño se nace es una frase que el pedagogo Francesco Tonucci eligió para nombrar uno de sus libros. Puede parecer una obviedad, ya que se nace niño; sin embargo no lo es. Supone adentrarse en preguntas muy profundas.
Dado que se nace niño, ¿lo dejamos nacer niño?
¿Hay en este mundo lugar para los niños que nacen?
¿Sabemos recibir a los “nuevos” como una oportunidad y una promesa?
¿Qué mandato de la especie están transmitiéndonos los niños?
¿Qué situación de la cultura está claramente expuesta a través de la primera infancia?

Dice Oliverio Girondo,… la costumbre nos teje diariamente una telaraña en las pupilas, poco a poco nos aprisionan la sintaxis, el diccionario, y aunque los mosquitos vuelen tocando la corneta, carecemos del coraje de llamarlos arcángeles. Cuando una tía nos lleva de visita saludamos a todo el mundo, pero tenemos vergüenza de estrecharle la mano al señor gato y más tarde al sentir deseos de viajar tomamos boleto en una agencia de vapores en vez de metamorfosear la silla y convertirla en transatlántico …”
Girondo piensa como un niño. Lo hace en la Argentina de los años 30′. Fue un poeta, un autor absurdo que podía escribir fragmentos dislocados, propios de otra construcción de pensamiento, a la manera de la niñez de los primeros años.
Siguiendo el camino del poeta voy a jugar con las palabras. Son juegos arbitrarios, combinaciones sin correlatos. No pretendo conceptualizar ni definir, sólo “hacer sonar” los términos como música y acorde. En este caso voy a jugar con la C de chico, ciudad, ciudadanía. Y también la C de cuerpo, caminar, calle. Es cielo, club, centro cultural, colegio. Verbos con C comer, correr, compartir, cohabitar, convivir. Con C la creación y la cultura, el cariño y el compromiso. Con C conquistar, conmover, ciencias. Las C son maravillosas, a diferencia de otras letras que se quedan con todo el poder. Yo creo en los misterios. Todo lo que está cerca es con C, como cerca, que también es con C y camino, caminito, cuando, cómo, canción, clima, consuelo, casa, corazón… y así seguimos jugando como chicos y establecemos la relación del niño/a y su existencia.
¿Qué es un chico?
¿Es una etapa de la vida?
¿Un proyecto de adulto que estamos formando?
¿Un momento del desarrollo humano?
¿Un niño es otra lógica?
¿ Los adultos nobles y creativos le deben a su infancia lo que son, o es exactamente al revés?

Estamos proponiendo desde un punto de vista filosófico, que ser niño, nacer niño y permanecer siendo niño después de nacer, es una forma de habitar el mundo. Una forma de estar en el mundo distinta a la de cualquier otra edad y además fundante para siempre para su subjetividad, su identidad, y realización.
Dice Paul Nizan, en el comienzo de “Adén-Arabia”… “en el fondo de todo despertar están todas las miserias, alienaciones y crueldades de la época. Yo tuve una vez 20 años, no permitiré que digan que es la edad más feliz de mi vida…”.
En lo profundo de toda novedad (y los niños son lo nuevo) la infancia trae todas las contradicciones de su tiempo. El niño es una forma de estar en el mundo atravesado desde su concepción por los lenguajes, formas de pensamiento, culturas regionales y grupales, segregaciones, violencia, sistemas de representación de las sociedades, creencias e imaginarios sociales.
Un niño menor de 2 años, 2 años y medio, tiene el espacio, el tiempo, la materialidad y los objetos como una cosa fuera de él. Por eso es tan aterradora la infancia. Pensemos por un minuto qué sentimos “…cuando el tiempo es otro de uno mismo”.
No se trata de pensar que el tiempo pasa de otra forma. El tiempo es otro. ¿Qué sucede cuando uno siente que el tiempo y uno se separan? ¿Qué ocurre cuando uno percibe que el espacio no está integrado a uno? Piensen también en las situaciones extremas de cárcel o de pobreza, cuando la persona no está adaptada. Es como un actor extrañado de su propio contexto. La ajenidad. Dice Cortázar “en los puentes de París, o en los subterráneos de Buenos Aires, o en los cines, el tiempo expone su esencia”. No se naturaliza, hace pareja con nosotros. Problema existencial que no se considera suficientemente en los niños. Está íntimamente ligado a habitar el mundo.
Pasé mi infancia en un colegio de monjas donde yo doy fe que vomitaba todos los días porque se me hacía insoportable… Yo digo siempre: “no vine a los juegos porque sí, vine a vengarme rigurosamente de mi niñez”. Una venganza poética, sin odio, cargada de imágenes. Quiero decir que yo pasé el jardín de 4 y el de 5, mirando un ombú que había en el medio del patio, a toda hora, para comprobar si venía alguien a buscarme, porque todo a mi alrededor, desde la silla a las paredes me parecía un mundo terrible, horroroso, que me rechazaba, al que no pertenecía. Era la protagonista de otro cuento, a la que por confusión, enviaron a un mundo del que no era parte.
El niño tiene el tiempo, el espacio, los objetos, la materialidad, como un otro, por lo menos como una cosa real a experimentar, una cosa con la que él está trabajando, se está incluyendo, está armando su percepción, está distinguiendo su cuerpo del entorno.

No hay nada mejor que la ciudad para saber de horas, lugares, cosas, olores, sabores, cuerpos…En la urbe, el niño no tiene una idea, tiene un pasaje ritual alucinante entre lo real, lo imaginario y lo simbólico.
Por eso siempre he pensado que la educación inicial es y debe ser mucho más amplia que el sistema educativo, dado que se aprende toda la vida, desde el vientre de mamá y mientras dure la existencia.
Para la infancia conocer en la calle, en los carteles, conocer jugando, perder el tiempo, aprender con otros, saber a través de sensaciones, percepciones, afectos, imágenes y conceptos no es una cadena secuenciada para llegar a la idea. Es un cuerpo abierto y en flor, que jamás podría alcanzar el pensamiento complejo de Morin con sólo una red conceptual. Todos sabemos que la complejidad necesita una poiética es decir un mundo poético, un conjunto de creencias y explicaciones que nada tienen de científico y sobretodo algunas cuestiones por las que puede ver un mundo no simplificado, ni normalizado cuando alcance su momento.

Recordemos que un niño se cría en el agua como un pez, nace por laberintos desconocidos trabajando enormemente en el parto, se hace terrestre, gatea, camina, habla, abraza, pero siempre querrá ser pájaro.
No concibo una educación inicial sin los cuatro elementos de la naturaleza convertidos en metáfora de lo que es posible ser, de lo que es posible hacer, de lo que es posible representar, vivir y revivir.
Siempre hay un peligro que es terminar con la infancia de un niño, antes que deje de serlo. Cuando un niño pierde su propia niñez, por el dolor o por la responsabilidad de criar a sus propios padres, o porque sale a trabajar o por la proximidad de la muerte o la violencia, ya no es niño, tampoco creció para ser un adulto, es un niño con poca infancia y esto que digo sucede en todos los sectores sociales, aunque arrecia entre los que menos tienen.

¿Qué mundo habitan los niños?
Decíamos que un niño es otra lógica, como dijo Charles Chaplin, un chico es un “montón de lógicas distintas que se enfrentan a la conciencia despedazada del capitalismo”. Y prosigue: “la niñez es un conjunto de construcciones del pensamiento, opuestas al silogismo de la lógica formal y a la modalidad deductiva”. Si a los niños se les dice: “todas las vacas blancas dan leche”, y luego se les pregunta: ¿y las marrones, qué dan?, van a decir: “café con leche”. Y está muy bien, plantea Chaplin, porque justamente esa es la lógica de la otra lógica.
Felipe tiene menos de dos años, sube la escalera de mi casa con mi hija de quince, lleva puesto su camperita y su mochila, mientras mi hija le dice “Felipe, ponete la mochila porque nos tenemos que ir”. Llegan al cuarto y ella se cambia unas zapatillas celestes que tiene puestas por unas zapatillas negras.
– Felipe: ¿por qué te pones otras zapatillas si ya tenés zapatillas?
– Violeta: porque nos tenemos que ir (ningún argumento racional: ni porque no me combinan, ni porque me duelen los pies, ni porque no me gustan).
– Felipe: pero si ya tenías unas zapatillas, ¿para que querés otras?
– Violeta: porque nos tenemos que ir
– Felipe: ahhhh!!! ya sé, las celestes son para venir y las negras para ir.
Luego que el lector deje de sonreir, se dará cuenta que Felipe estableció una lógica bastante compleja, relacionando color de zapatillas con verbos de desplazamiento.
Sin esa lógica bendita de los cuatro o cinco primeros años no habría humor, ni mundo mágico, ni mirada fuera de contexto, ni misterio de lo incomprobable, ni poesía, con lo cual la cultura sienta bases en los primeros años de gran parte de su acción futura.

En segundo lugar un niño se desplaza fácilmente entre lo real, lo imaginario, y lo simbólico.
Catalina, mi nieta, pasa a las seis de la tarde de un día de viento, tormenta de verano, al lado de la ventana de mi habitación, y como tiene un año y medio habla como puede. Me dice, “ela: rama”, y me muestra una rama que por el viento choca contra la ventana. Y yo le digo “sí, es la rama, viste, se mueve despacito, se mueve, se mueve…” y ella repite: “rama”.
A las dos de la mañana, llovía, viene y me dice “ela, rama, nena, miedo”. Y yo juego con ella y las palabras, “¿la nena tiene miedo a la rama?” o “¿la rama le tiene miedo a la nena?”, o “¿el miedo de la nena está en la rama?”, “¿o el miedo le tiene miedo a la rama de la nena?”.
A las cinco de la mañana, abre la puerta de esa pieza antigua, me muestra la ventana, parada en pañales, me señala la rama y dice “ela: El miedo”. Quiere decir que esa niña pasó en cuatro horas de “la rama” como hecho real, a “le tengo miedo a la rama” como hecho imaginario, hasta convertir a “la rama en el miedo mismo”. Cuando un niño le pone artículo a un sentimiento lo ha transformado en símbolo, en alegoría de su propia situación, ha podido en cuatro, cinco horas pasar por todas esas situaciones hasta alcanzar el símbolo y atarlo con lo emotivo. Un ser que no conoce la metáfora, ha realizado una sustitución pura, una metáfora sin conocer la operación que se supone adquieren los niños mucho más tarde en su vida.
Nosotros hablamos alegremente con metáforas: “me vomitó la verdad” y el niño cree que te han tirado toda la comida encima. “Te voy a matar” y el niño cree que alguno va a perder la vida, y tanto más, que está convertido en lenguaje y el niño imagina al pie de la letra.
Ese tránsito hasta alcanzar lo simbólico, es tremendamente rico en el territorio de las ciudades. Es imposible dejarlo en el misterio de una casa cerrada o de un departamento de ciudad, porque ese ritual de pasaje a mundos diferentes se aprende en la ciudades y espacios, y es lo que nos resuelve después la capacidad de sustituir y no matarnos. La metáfora es un “entre”. La cultura es un “entre nosotros”, de lo contrario, en el momento del amor moriríamos ahí mismo, porque diríamos “este es el mejor momento de mi vida”. Como me contó un alumno en Chile,… “era feliz, pero un día estaba con mi novia en la playa y me adentré nadando en el mar y sentí que era el momento perfecto. Me dije ¿y si sigo? ¿y si aquí me quedo?, tenia 21 años y pensé: voy a volver por ella, porque no se lo merece, voy a volver por el cine”. Y yo me dije, mientras me lo contaba, volvió por la cultura.
Esa cultura es la del afecto, las sustituciones, las metáforas, las construcciones de sentido. Es lo que hay entre nosotros, para que no nos matemos en el amor o nos matemos haciendo del otro, nuestro objeto, hasta destrozarlo, o nos matemos literalmente matándonos, es decir, sacándole el doble sentido.
Por todo lo dicho es tan importante en la educación inicial el mundo poético, los ritos de pasaje a otras realidades imaginadas, un mundo adentro de otro mundo, como una mamuska infinita. El mundo poético es nuestro seguro contra el pragmatismo y el consumo, contra la profunda soledad del individualismo. Es el invento de que todo puede cambiar y todo puede suceder. Se equivoca la educación en priorizar la ciencia y no motivar los territorios inventados, los espacios secretos, los recorridos que recuerdan viajes emocionantes donde hemos visto una abeja, un palo borracho en flor, y leído un letrero que dice “aquí se puede jugar”. Como Alicia cayendo en el pozo para encontrar el País de las Maravillas, como tanto chico metiéndose en un ropero para salir del otro lado al mundo de los sueños, como tanto libro troquelado que se arma y se desarma, como tantas figuras que se mueven en el cine, como tanta risa con los juegos de palabras, como tanto riesgo en binomios fantásticos que dicen más de lo que dicen, los ritos de pasaje nos fortalecen.

En tercer lugar un niño es alguien que no puede vivir sin amor. En realidad vive pero no es ni edificante ni formativo vivir así y por supuesto el niño es paradigma de todos los seres humanos. En el intento de definir que es un niño, ésta no es una expresión de deseos, significa que el afecto debe ser parte de las consignas y textura del material que utilizamos, que gran parte de aprender tiene que ver con los vínculos y eso es educación en valores e inolvidable. Amor es crianza, humildad frente al egocentrismo, pero por sobretodo es ejercicio de la ciudadanía, es respeto al niño y todos sus derechos, es el cuerpo como valor supremo y la emancipación como una meta irrenunciable para los docentes.

En cuarto lugar es de suma importancia manifestar que el conjunto de la primera infancia podría llevarnos a la manera de los chicos a una educación integral que beneficiara a todos. A veces, aunque parezca exagerado, suelo poner como título de alguna conferencia “La Infancia contra el racional positivismo”.

La niñez no conoce la diferencia cuerpo-mente. Uno le pregunta a un chico ¿con qué aprendes? (Congresito de la Educación de Rosario 2005, Tríptico de la Infancia, 5000 chicos), te miran aburridos y dicen “con todo” y seguís preguntando ¿qué es conocer?; contestan: “Pasar un puente”. Y ¿qué es pasar un puente?: “razonar” y ¿qué es razonar?: “encontrarle la razón a cada cosa” (5 años). ¿Con qué aprendes? “Con el cuerpo o con la mente”. Y me miran como diciendo: verdaderamente es lo mismo. Los chicos no entienden la escisión occidental cuerpo-mente, no comprenden la división teoría y práctica, hacen y en acciones construyen proyectos y saberes, no reconocen la ruptura objeto y sujeto. Ni esencia y existencia, y sobretodo la imperdonable separación de forma y contenido. ¿Cómo van a saber que es un sujeto si son objeto de protección, de amor, de educación, de abuso, etc?, ¿en qué lugar verdaderamente interviene la opinión del niño, sus saberes y su creatividad para la transformación de la sociedad?.
A veces pienso que es es mejor que no lo entiendan, porque de hacerlo sería una pena que no hubiéramos inventado una sociedad que superara esas escisiones, estaríamos haciendo que la escuela y la ciudad fueran un gran sistema educativo, un sistema donde las calles, los árboles, los museos, estuviesen vivos. Una trama interminable de saberes en múltiples y complejas dimensiones.

Los chicos, en sus recorridos, aprehenden la vida por el fragmento, sin síntesis, con la desmesura de un elemento sobre otro.
La dramaturga Griselda Gambaro llevó a su sobrina al teatro, a ver una obra de princesas y príncipes. Tenía 3 años y Griselda le preguntó durante la representación: “¿te gusta la princesa?” También había unos auxiliares… unos muchachos con unos camperones amarillo-rabioso para cambiar la escenografía entre escena y escena, eran más importantes que el príncipe y la princesa. Ellos ponían y sacaban las sillas. Insiste Griselda ¿te gusta la princesa? “No, me gusta más el de amarillo”. Al terminar el espectáculo, la tía vuelve a interrogar: ¿te gustó la obra, el príncipe, la princesa? “No, porque el de amarillo, dice la nena, nunca más volvió”.
Ese es el pensamiento de la primera infancia: la parte por el todo, la jerarquización del detalle, bien diferente al pensamiento deductivo. Lo que expongo, les sucede a los chicos al transitar imaginar, atravesar, explorar el tiempo, los ámbitos, recorrer, apropiarse, saber qué es su cuerpo, estar dentro de sí mismos y no afuera.
Las escisiones modernas especialmente despedazan la forma-contenido, el cuerpo-mente, tiene consecuencias profundas en nuestro sistema educativo. Se deshace el pensamiento artístico y se generan tremendos malos entendidos entre el cuerpo y sus signos, entre la enfermedad y la plenitud, se confía en la razón por sobre todas las cosas, descalificando los sentimientos, la imaginación, la creatividad y los mundos de sensaciones y percepciones que nos constituyen.

En quinto lugar, separo expresamente del cuadro anterior, el sentido de la acción que traen los niños pequeños, aprenden haciendo, jugando, probado, experimentando y no se sientan a hacer síntesis de lo aprendido. Llegará un tiempo para amar la teoría pero no es posible que una educación integral desconozca el mandato psico-biológico-social de esa praxis llamada juego, verdadero trabajo de la infancia, acción compulsiva que nos transforma y todo lo modifica y que sin conceptualizaciones le enseña a cada niño o niña que el movimiento es la razón de la vida, que el juego no es un fin sino una dinámica para crear, creer, querer e inventar, tal como lo manifestara Gadamer en la “Actualidad de lo bello”.

El niño y la ciudad
El niño va por la calle y va soñando con el pajarito que vió antes, mientras ve la hoja caer y su madre le grita ¡apurate! y lo arrastra y está en cinco mundos a la vez. Como Peter Pan, Alicia, la de las maravillas, o los Beattles del submarino amarillo, los niños recorren en la ciudad mundo dentro de mundos. Todavía son personas únicas, nadie les enseñó a dividir la realidad en dicotomías, en disciplinas, en campos separados, por lo cual como seres totales habitan la nueva tierra. Son lo nuevo y habitan nuevos territorios, se incluyen, tratan de entrar en él, si es que los dejan, tratan de incorporarse a la ciudad o el poblado donde nacieron.
¿Qué es una ciudad? Una ciudad es un lugar para vivir. Para mí, la infancia es la patria, y la ciudad, la casa, los lugares, los ámbitos, y los tiempos donde se desplaza un niño son la única patria, por eso, nosotros le llamamos a los Trípticos, seis espacio de juego que hemos diseñado en las ciudades de Rosario y Santa Fe, con los chicos para todos: La patria de la infancia.

Los niños, el espacio público y la ciudad
El espacio público es lugar para reconocer y reconocerse. “Lugares para aparecer ante los otros, no para parecer” como diría Hannah Arendt. Ámbitos donde uno puede revelarse exponiéndose antes los ojos de los otros y rebelarse, decir que no, manifestarse contra lo injusto.
¿Qué es el espacio público para los nuevos?, debe ser un lugar con equidad, accesibilidad para todos, zona de aprendizajes, lugar del bien común, escuela de democracia, medio ambiente natural y social, norma legal, patrimonio, comunicación, memoria, derechos humanos e historia, donde se produce el encuentro, donde es posible la multiplicidad y la convivencia entre distintos.
El espacio publico se renueva y prepara para que los niños vayan habitándolo. Es el gran desafío de los gobiernos, la gran estrategia en la lucha por la igualdad.
Entonces la ciudadanía es un paisaje, una ecología social. No antagonizamos la defensa de la naturaleza con la cultura, venimos sosteniendo todas las formas de vida del planeta. Trabajamos por la oportunidad de una vida digna para la especie humana, donde la memoria también es ecología social y medio ambiente. La memoria de este país, la memoria de los cuerpos sin entierro, la memoria de las madres y las abuelas, también es sobre todo memoria de los niños. En el paisaje ciudadano los niños tienen derecho a moverse por su propia ciudad, a recuperar el pasado, el ayer y el porvenir
La niñez con derechos es un viaje, es un viaje de vivir. Es el viaje de crecer como Jason y los Argonautas, un viaje de exploración y de ideas. Es también, el viaje de volver a Ítaca como Ulises para saber quienes somos, un viaje para crecer en identidad. Además somos el viaje de Eneas para fundar una nueva tierra, fundar una institución, una escuela diferente, o un sistema de participación infantil que transforme la ciudad y dialogue con los gobernantes. Un proyecto estratégico que no se borre con un cambio de gobierno, que no se convierta en viaje laberíntico cuando los chicos no son escuchados, no se le ofrecen puertas ni salidas, ni pueden aportar su creatividad e imaginación para que vivamos mejor.
Con lo cual si los niños no tienen opción a ser sujetos de derecho transformadores, y participar de su propio proyecto político, sus derechos están muy lejos de ser alcanzados. No tienen palabra, aunque digamos que se la damos, hacemos bastante por dársela pero tienen poca palabra, o mejor digamos, poca escucha, por parte del adulto. Los niños necesitan accesibilidad, necesitan espacios de encuentro, de cruce, poéticos y extra cotidianos, antiguos, disparatadamente contemporáneos, espacios mezclados, espacios de juego para cambiar su alrededor.

Paradojas de la Infancia:
Si vamos a pensar en la educación inicial es imposible no pensar en la Políticas Públicas de Infancia y entender que la educación en todas sus formas, transmitiendo la cultura, es una de las grandes claves.
Primera paradoja: ¿Cómo hacer para proteger a los chicos en una sociedad violenta y a la vez darles autonomía y libertad?. ¿Cómo comprometerse por la emancipación en medio de esta paradoja? La mayoría de los Derechos que se reclaman insistentemente para mejorar la situación de la infancia, están cada ves más ligados a la idea de protección y de seguridad. Es entendible que una sociedad exasperada y violenta nos lleve a oscilar entre la sobreproteccion y el abandono, pero es urgente trabajar sobre los derechos de los niños hacia su propia autonomía, su derecho al juego, a transitar por las ciudades, a construir una identidad, a vivir con otros, es imprescindible que se sostengan estas banderas.

Segunda paradoja: El juego es el trabajo de la infancia. El niño aprende, simboliza, entra en la cultura, se relaciona con los demás, a través del juego ¿Cómo enaltecer la actividad lúdica en un mundo que no juega?, o que sólo lo hace por razones de éxito y dinero, donde suele confundirse el juego con el poder, la negociación y corrupción. ¿Cómo entender la naturaleza del juego con estilos políticos que no la comprenden? ¿Como proponer el juego en una escuela que no lo absorbe, medios de comunicación que lo atontan y una familia sin tiempo para compartirlo?. Garantizar el derecho al juego es garantizar la iniciación a la creación humana, es proteger la innovación del conservadurismo, defender la memoria de todo acto de crueldad.

Tercera paradoja: es sabido por todos que la representación política y social está en crisis en el mundo. Se trata de la verdadera crisis del Estado-Nación, de las teorías pactistas, verdaderos fundamentos de la modernidad.
Ante esta situación los gobiernos progresistas, abren espacios de participación para todos los ciudadanos, asambleas populares, presupuestos participativos etc.
Los Consejos de Niños que propone Francesco Tonucci, los grupos de niños proyectistas y los programas serios de participación infantil, se encuentran con la paradoja que un grupo de niños deben ser elegidos tal vez por sorteo, tal vez por sus pares, pero no tienen mandato de representación sobre otros niños, y no deben tenerlo, los representan porque un niño representa a todos los niños, porque un niño representa variadas referencias entre niños, pero en ningún caso porque puedan constituirse en representantes en el sentido electoral del término, el de llevar adelante un mandato, la palabra de todos, el deseo del conjunto de sus pares
En Rosario, el Tríptico de la Infancia y en Santa Fe el Tríptico de la Imaginación viven. Se acercan personas de todo el país y el mundo para hacer con nosotros una experiencia común: Fábricas y construcciones, dispositivos lúdicos, pedagogía del viaje y la poesía. La Granja de la Infancia, El Jardín de los Niños, la Isla de los Inventos (Rosario), El Molino Fábrica Cultural, La Redonda, Arte y Vida Cotidiana, y la Esquina Encendida (Santa Fe) son espacios públicos, donde se traman vínculos entre chicos y grandes, donde construímos a la manera de los niños ámbitos para captar al adulto y reconciliarlo con su sentido de la vida. Cuando el Tríptico cumplió 10 años, aniversario de la Granja de la Infancia (30 de mayo del 2009) hicimos 2000 banderas. Los adultos firmaron un compromiso para ayudar a los chicos. Las inscripciones de esas banderas debían ser tejidas y/o bordadas. Porque en el imaginario social argentino, lo textil, sigue siendo el amor bordado en lentejuelas, tejido en lana para abrigar, en trajes de novias, infinitas bufandas, vestiditos de muñecas, etc…
Participaron de la votación 125.000, chicos los cuales eligieron 25 frases para ser bordadas en las banderas. Las frases provinieron de manifestaciones de los niños en Consejos de Niños, Congresitos de la lengua, la Educación y la Salud. Fue el “Manifiesto de los chicos”, y lo que sigue son partes de sus afirmaciones.

Manifiesto de los Chicos:
Cuidemos lo público porque para algunos es lo único.
Es el momento de mezclar todas las ideas para que salga una mejor.
Comer te calma el hambre. Aprender es viajar con el cuerpo y la imaginación. Tener hambre no te deja libre.
Los chicos les enseñamos a los grandes a ser grandes, a ser padres, a amar mejor, tu hijo puede ser el maestro de tu vida, no lo desaproveches.
Sueños tenemos todos, lo que falta es un sueño común.
Prohibido ideas tristes, bienvenidas ideas alegres.
Cuídense y no nos dejen de cuidar nunca, aunque seamos grandes.
Nos damos cuenta que pasa el tiempo en el corazón, vivir es querer a otro no sólo que nos quieran.
La imaginación es la máquina. La imaginación es la máquina de hacer aparecer cosas e ideas, y otro niño agregó: justo en el país de los desaparecidos. Y quedó: La imaginación es la maquina de hacer aparecer ideas y cosas, justo en el país de los desaparecidos.
Nuestros nombres son importantes, no lo olviden.
El que se queda sin trabajo no puede pensar más en el futuro.
La identidad es el pasado de los recuerdos, los recuerdos somos nosotros.
La esperanza es tener fe de que todo, todo, no nos puede salir mal!!.
No griten, no golpeen, nos da miedo.
Para que haya cambios nos tienen que dejar pensar, tienen que hacer silencio, gritan todo el tiempo y no nos dejan pensar.
Hay mucha desigualdad y nos gustaría cambiarla, que nos dejen pensar, entonces, al final van a dejar este mundo y lo vamos a tener que hacer nosotros.
Los chicos tenemos poder, queremos aprender a usarlo, enséñennos a usar el poder.
Que se distribuyan las palabras para todos, la tecnología para todos y las cosas también. En la gran biblioteca del pensamiento hay mucho lugar, caben las palabras, los libros, las imágenes, las ideas y todavía queda mucho lugar, no se preocupen.
Que haya intercambio de palabras y cosas para que dejen de matarse.
Si todos nos matamos, ¿quién va a contar nuestra historia?
El alma puede ser como un armario, podes ir allí toda la vida para saber quién sos.
Apasionarse es un motivo que te empuja y que va más allá de lo que podemos decidir y hacer.
Yo soy otro vos, si no estamos juntos nos perdemos.

Gracias por este encuentro con lectores de infancias diferentes, como siempre finalizo con un poema de José Marti (1785, La Edad de oro):
“…Para los niños trabajamos, porque ellos son los que saben querer, porque ellos son la esperanza de la tierra, y queremos que nos quieran y nos sientan como cosa de su corazón. Y si algún niño de América nos encuentra por el mundo, nos diga muy alto, donde todos puedan oírlo: este hombre de La Edad de oro… fue mi amigo…”

Desde el alma, Chiqui González
Rosario, marzo de 2018

Habilidades

Publicado el

12 abril, 2018