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Carta a Jóvenes Educadores

Queridos maestros, educadores, guías, amantes que acompañan a otras personas de todas las edades, en la aventura de aprender.

Para comenzar quiero contarles que no fui feliz en la escuela , ni en la universidad. Los espacios educativos me daban miedo y pasaba las horas mirando por la ventana para ver si me habían venido a buscar. No soportaba literalmente el sistema, las materias escindidas, la rutina temporal, los recreos caóticos , la espera, la disciplina. Decidí asumirlo con buenas notas y reconocimientos y así conseguí quedarme más sola con mi imaginación y mi pobre poesía garabateada en papeles que no mostraba y que por supuesto se perdieron en las mudanzas.

En jardín de 5 años mi maestra me acusó de “demasiado imaginativa”, que leído en forma clara y sin disimulo, significaba “es una niña que miente”.  Mi madre me dio una lección ese día: me dijo que yo era una niña “inventora” y no mentirosa. Y que ese título no me lo podría sacar nadie y debía hacer del invento una práctica para toda la vida.

Crecí, por supuesto, y siempre estuve en fricción con el sistema educativo, un sistema con un núcleo duro proveniente de siglo S XIX, que a pesar de creatividades y grietas, nadie ha podido romper.

Encontré en el aprendizaje y la enseñanza del teatro una forma de recuperar mi cuerpo y la creación grupal que es un verdadero regalo de la vida. Por aquellas épocas había terminado dos carreras universitarias y enseñaba actuación por las noches y Derecho Penal I por las mañanas y tardes. Una conjunción inolvidable entre la pena, el derecho de defensa, y la inminencia del cuerpo, los procesos emocionales, los momentos maravillosos de la escena.

En plena dictadura argentina, fui maestra de grado y enseñé en todos los ámbitos de los que tengo recuerdo: las favelas, las escuelas, las iglesias, la calle, los sindicatos, etc.

Decir que enseñé, es decir, a su vez, que aprendí a vivir, aunque aún sigo llena de miedos e incertidumbres.

Las preguntas circulan alrededor de mi cabeza como pájaros insistentes que cantan:

¿Para qué aprendemos y enseñamos?: ¿Para llamarle “conocimiento” a los contenidos curriculares, despojados de su forma en un catálogo anacrónico e inviolable?

¿Para encontrar la manera de “vivir juntos” en sociedades violentas e individualistas?

¿Para enseñarnos a “ser una pluralidad de identidades” y para “hacer pensar” al alumno con todo el cuerpo transformando la materia?

¿Para enseñarnos a aprender, es decir, a buscar lo que sabemos, lo que no sabemos y todas las informaciones atravesadas por nuestras subjetividades?
Luchamos por comprender la condición humana y el arte de vivir. Es una inminente necesidad en estos años del planeta, de nuestro continente, de nuestros países. Hay que hacer que hable el sur del mundo, herederos de Freyre, Vigotsky, Brunner, Piaget, Michael Focault, etc.

Es imprescindible entender que los tópicos y temas que enseñamos, las orientaciones y especializaciones son el enorme detalle de una educación que en realidad debe hacer otra cosa: cambiar la espera por esperanza, reconstruir el “entre nosotros”, luchar contra la desigualdad, crear una nueva fraternidad apelando a la organización de la propia comunidad. Pero sobre todo debemos defender los sistemas de representación y de simbolización, la multiplicidad de lenguajes que nos da posibilidades de aparecer ante los otros y no de ser invisibles en el medio de la especulación y la corrupción.

Ya lo dijo Wim Wenders: si la humanidad pierde la narración, el pensamiento poético y la memoria, habrá perdido su infancia.

No imagino una vida sin infancia y me aterra una sociedad sin ella.

Aunque vuelva a un diagnóstico conocido el paradigma del S XIX debe terminar con las disyunciones, cuerpo/mente, forma/contenido, objeto/sujeto, teoría/práctica y tantas otras. Esos campos divididos en y por las asignaturas, han remitido la forma a la educación artística y el cuerpo a la educación física, han disuelto la fuerza de la acción, el movimiento, la transformación y se han enamorado del contenido, el argumento, la lógica formal, el significado y la razón sobre toda la integralidad que portan las personas que educamos. Según Edgard Morin, también hacemos elogio de la simplificación y calificamos que es normal y qué, no lo es, mientras decimos susurrando que el error es un fracaso y no una forma de aprendizaje.

Por eso el mismo autor, habla de la complejidad que es global, transversal, multicultural, integradora, articulante y soñadora. No existe ni el pensamiento ni la acción compleja sin una fuerte red conceptual nutrida por la poética (una mirada diferente, remota y verdadera sobre la justificación del mundo). Relatos, mitos, poesía, memoria, saberes populares, imaginarios sociales, constituyen el corazón de la complejidad de la cual el sistema educativo siempre desconfió.

Somos ciudadanos del mundo y a la vez de la pequeña aldea, de la cosmovisión y organización de los pueblos originarios y de la extensión y profundidad tecnológica en nuestras vidas.

Somos seres dueños de una existencia corporal e inventamos formas de no perder los colectivos, las redes de ayuda mutua, la trasferencia de palabras, bienes, saberes, tecnologías e innovaciones.

Tenemos que estar a la altura de esos desafíos.
Los edificios donde se aprende deben cambiar, ser mágicos, extra cotidianos, integrando plazas y calles porque el espacio público es de todos y todas y significa: bien común, territorio de encuentros, aprendizajes, salud, patrimonio, escuela de democracia, medio ambiente, comunicación, historia y norma legal.

El espacio público al que pertenece el sistema escolar es un lugar para aparecer ante los otros y no para desaparecer, ser ignorado. Un lugar para hacer y no tener. Un espacio para revelarse (darse a conocer) y rebelarse (decir que no, luchar y organizar nuestras protestas para ampliar nuestros derechos).

Recordemos, a favor de la potencia de nuestro cuerpo integral que hay un campo de sensaciones (ligada a la experiencia humana con las cosas y los elementos). Hay un campo de percepciones (atravesado por la cultura y la memoria de la sensación), un enorme campo de afectos y emociones, un campo de imágenes internas de amor y autoestima y el último campo: el concepto. Todas estas dimensiones trabajan para variadas relaciones sociales y personales que nos constituyen vinculadas con el amor, la creación, la imaginación y no sólo son antecedentes para la construcción del concepto .

Siempre trabajé con niños de todas las edades pero en especial los mas pequeños porque fueron peces en las panzas de sus madres, se criaron terrestres (no sin dolor) pero siempre quisieron ser pájaros. Porque vienen de la especie con el mandato de la acción y el movimiento y esto debería ser muy serio para nosotros. Porque el juego es el aprendizaje interno de los métodos para la transformación creativa (como dice Gadmer) porque viven en presente y no en el kronos de la secuencia. Porque no conocen las disyunciones cuerpo/alma, sujeto/ objeto, forma/ contenido, teoría / práctica y en consecuencia la forma, el relato y la acción juego los llena de sentido. No educamos a los hombres del mañana, los adultos le deben a sus infancias lo que son en tanto luz e infortunio y lo que hicieron para mantener o cambiar el drama de vivir.  

Por eso jóvenes educadores, la gran demanda ES EL SENTIDO (formacontenido), el sentido de cada vida, la fábrica imaginaria de todas las miradas, lo plural, lo distinto, lo prismático, la distribución social de bienes, saberes y afectos. Sin olvidarnos de luchar por la resistencia del mundo mágico y la poesía, la metáfora y la metonimia, pues la literalidad significa violencia y pobreza simbólica.

Amo a cada uno de ustedes y les deseo que le den la palabra a sus alumnos y que se busquen a ustedes mismos porque nadie nos enseñó esta forma de enseñar. Les recomiendo que jueguen, creen e imaginen, que innoven y tengan memoria, que amen y se comprometan con los que están perdiendo derechos, que conviertan el arte, en arte de vivir y que sean protagonistas de uno de los vínculos más sagrados de la humanidad: educarnos los unos a los otros con alegría e ingenio, con  valor y energía, con afecto permanente.

Los quiero y respeto y estoy segura que debemos amar y cambiar las prácticas educativas, estar juntos en distintos lugares del planeta para seguir caminos que se cruzan y también se bifurcan. La existencia es un bellísimo viaje. Entonces a intentarlo, a producir la aventura maravillosa de interrumpir cadenas de vidas infelices

                                               “Tendríamos que DAR un salto

                                               pero cualquier salto

                                               vuelve a instalarnos en otra parte

                                               en realidad tendríamos que SER un salto”

                                                                                              de Roberto Juarroz

En esta primavera difícil para América Latina los abrazo y confío en ustedes. Confíen en mi.

Desde el alma.

Chiqui González

Habilidades

Publicado el

30 mayo, 2022